Ricardo Monti

Cuaderno

Diario de “La Creación”

23/03/2018

Pequeños milagros.

Sí, cada uno de los comentarios, u opiniones, o críticas, o mensajes que me llegan por distintas vías son pequeños milagros. Ver cómo esta novela que insumió treinta años de mi vida (en realidad, toda mi vida) recoge lecturas tan intensas, profundas y creativas no deja de aparecerme como milagroso.

Porque no se me escondía que el libro que tímidamente depositaba en las playas del mundo (la famosa botella al mar) no respondía a los usos y costumbres.

Ni por lo que encerraba ni por aquello que lo encerraba.

Escribo asumiendo toda la literatura, pero sin mirar alrededor.

Con los ojos sólo puestos en lo que logro vislumbrar, en lo que veo y sigo  viendo con obstinación, como un hecho de destino, un fatum, algo que es necesario cumplir. Eso me aleja de cualquier moda o cualquier modo impuesto de lo que hay que hacer.

Escribo con todos y con todo lo que me permita llegar al destino entrevisto. Nunca contra alguien. En suma, siempre desde la afirmación.

Pero nunca sé, tampoco, si estoy sintonizando bien. Porque muchas veces el mundo va para un lado y uno necesita ir para otro.

Entonces, sentir que hay compañeros, y no sólo eso sino que son muchos los que van para el mismo lado, convoca al milagro y al regocijo.

Por eso este diario de viaje.

Quiero hacer todo lo posible para que la mayor cantidad de personas puedan tener acceso a mi libro. A sus claves más secretas, aun a riesgo de una excesiva exposición. Quiero allanar lo que parezca difícil, porque odio escribir difícil. Sólo que a veces lo que se quiere trasmitir no es simple ni fácil.

Tampoco es simple y fácil la tarea que me propuse: publicar yo mi obra, a la medida de mis sueños y mis posibilidades, y según mis necesidades y tiempos, no los de un sistema editorial al cual hoy lo que menos le importa es la literatura.

Tampoco es simple y fácil difundirla, por lo que pido a todo el que pueda y quiera que me ayude.

Y de eso también voy a hablar: del esfuerzo de un artista por sobrevivir en su obra (o simplemente para ser, como me dijo Mariano) pese a toda adversidad,  pese a todas las dificultades que opone un mundo que tiende a asesinar el arte.

Bueno, al fin y al cabo la debilidad siempre fue mi fortaleza.

Entonces manos a la obra… aunque no sé por dónde empezar. Son tantas las vías de acceso, que pueden inducir a confusión. Quiero aclarar, además, que el orden en que aborde los temas no es ni de mérito ni de importancia. No es mi intención siquiera sugerir “una” lectura. Ya que “La Creación” puede ser encarada desde distintos puntos de vista e invita desde el vamos al juego y a la creatividad, o co-creación del lector.

Creo que empezaré in media res, o sea, en medio de los hechos o del relato.

¿Saben?, la retórica antigua consideraba que se puede comenzar un relato (y esto lo cita en la novela el Extraño Personaje) ab ovo, desde el huevo o el principio; in media res, como se dice arriba; o in extremis, desde el final. Creo que aun hoy sigue vigente esta clasificación. O tal vez el posmodernismo la haya derogado.

También se consideraba mejor – no sé por qué motivo – la segunda opción (creo que para evitar la monotonía del ovo y la melancolía del extremis). Seguiremos pues el consejo antiguo.

 

(Antes, un breve paréntesis. Interrumpí el Cuaderno 1: “Mi madre, María Pujalka de Monti, o Mujer y Revolución”, por diversos motivos que en su momento contaré. Pero apenas pueda retomar el impulso, lo continuaré. Pueden creerme: “La Creación” lo atestigua.)

 

En el año 2004 vivía con Ana, su hija, mi hija menor, tres gatos y un perro en una paqueta casa de dos plantas en el linde mismo entre Colegiales y Belgrano. La callecita cortada, llena de árboles, terminaba en una gentil plazoleta.

Las hijas dormían en la planta baja y Ana y yo en un dormitorio de arriba que daba a la calle, junto con otro cuarto. Había un baño con antebaño y un corredor ancho que yo usaba como escritorio y que comunicaba con una pequeña terraza llena de plantas. La puerta vidriada solía quedar entornada para  libertad de gatos y perro.

Una noche de junio – no era fría – me despertó una mano sucia que me amordazaba la boca. Todavía tengo en la nariz el olor a mugre de esa mano.

Y sigo mañana.

24/03/2018

Sí, esa noche de junio del 2004 una mano áspera y mugrienta me atenazó la boca, oprimiendo mi cabeza contra la almohada. No sé de qué sueño salí brutalmente a la pesadilla de mi cuarto con las luces encendidas y dos visitantes inesperados. El que me retenía a mí usaba una camperita con capuchón que le ocultaba prácticamente el rostro, el que sujetaba a Ana tenía la cara descubierta.

Creo que tardé menos de un segundo en saber de qué se trataba.

Estaba (estábamos) a merced del Mal.

Voy a tratar de desarrollar todo lo complejo de esa situación y todas sus implicancias. Anticipo ya mi fracaso.

(Entre paréntesis, esa mano reapareció al final del segundo capítulo de “La Creación”, en la pág. 84: “Del hueco se desprendieron esos hombres como un relámpago. Una mano áspera y sucia me amordazó con fuerza. Quedé inmovilizado entre brazos y piernas macizos, contra los cuales los míos parecían cañas huecas”. Es la misma mano, no lo duden. “Hueco” se llamaba en esa época – un ficcionalizado año 1840 – a los baldíos: me gustó rescatar esa palabra. Pero esta repercusión, como verán si me siguen leyendo en Cuaderno, es la más insignificante en mi novela.)

Creo que supera toda palabra describir la vivencia de estar a merced o en poder del Mal.

No era la primera vez que me ocurría, pero nunca había alcanzado tanta intensidad.

Perdón pero necesito dar un rodeo tal vez largo acerca de mis anteriores encuentros con el Mal.

Sorteo la infancia. Quienes hayan leído mi Cuaderno anterior barruntarán algo. En esa instancia fue algo profundamente mítico; pero después también lo fue, aunque filtrado por la racionalidad del adulto.

Los antecedentes que saltan de inmediato a mi memoria están enmarcados – no podía ser de otra manera – por la dictadura sangrienta del 76.

Uno de ellos se puede contar; el otro apenas, de refilón.

Esto sin mencionar el clima de amenaza permanente en que vivía, tanto el colectivo – que compartía con parte de la población – como el personal.

Por supuesto, sabía que estaba prohibido en los escenarios oficiales y mi nombre no podía aparecer en ningún subsidio oficial (por ejemplo, películas).

La primera era una prohibición inútil, porque yo nunca hubiera permitido que una obra mía se representara en ningún escenario de la dictadura. Lo otro se podía sortear, simplemente no figurando en los créditos.

También me acusaron en volantes arrojados en teatros, donde aparecía en una nómina de “autores comunistas”.

Más tarde, en democracia, supe que figuraba en “listas negras” que se dieron a publicidad.

Pero las experiencias directas fueron dos, y la impronta muy similar.

Una noche de domingo de 1980, fría y lluviosa, fui a tomar un colectivo en la esquina de Viamonte y Junín. Mi destino era el teatro de San Telmo donde se estaba representando “Marathon”.

Esperé un buen rato, la desolación y el frío me intimidaron y decidí no ir. Compré “La Razón” en un quiosco y volví a mi casa, a media cuadra. Cuando empezaba a subir la escalera, enfrascado en el diario, sentí golpes de un objeto metálico en la puerta de vidrio que daba a la calle.

Miré y me encontré, entre las sombras de la vereda, con un hombrecito oscuro de aspecto amenazante. Es inexpresable la velocidad con que trabajó mi cerebro esos segundos. El primer impulso fue correr escaleras arriba, pero de inmediato lo reprimí. Si aquello era una cacería ponía en riesgo a mi familia. De modo que opté por volver a la puerta y arrostrar lo que fuera. ¡Qué largo fue ese camino y a la vez qué corto! Un animal que va por la manga al mazazo en el matadero no lo sabe, pero un hombre sí. Llegué a la puerta. Era de barrotes y tenía una portezuela también de vidrio. Los ojos de ese hombre no los voy a olvidar: son los de la Víbora que describo en mi novela, negros y llenos de malignidad, de un poder impune. Lo interrogue con gestos. Sacó del interior de su saco una chapa policial o no sé qué. Estaba de civil. Abrí la portezuela para escucharlo: era la última, frágil protección que me quedaba. No se conformó, exigió duramente que abriera directamente la puerta.

Y entonces, con la muerte en el alma, lo hice. Toda resistencia era inútil.

No sabía si desde los costados iban a aparecer otros hombres: la partida de caza.

Sigo el lunes. El Domingo es del Señor.

26/03/2018

¡Qué tarde empiezo hoy!

Sintetizo, entonces. El hombrecito torvo y siniestro estaba solo. Revisó mis documentos minuciosamente, con una excusa banal, y desapareció en la noche. Me quedó la impresión de ser vigilado.

El segundo episodio fue mucho más grave. No lo puedo contar entero (por lo menos en este contexto) porque es demasiado personal e involucra a otras personas.

Pero en el centro de esta experiencia están de nuevo los ojos de la Víbora. En este caso no eran oscuros, sino claros, como con puntitos verdes, y de ellos emanaba un frío ancestral.

27/03/2018

El mito nos atraviesa y conforma nuestra experiencia humana. O tal vez sea al revés, ella da origen al mito.

Esta identidad entre el Mal y la Serpiente mítica tiene hondas raíces en el imaginario judeo-cristiano y tal vez sea anterior (no soy erudito en el asunto). Pero cada vez que estuve en contacto directo con el Mal, esa identidad fue una realidad inmediata, constatable, física.

Bien, en el relato central, o más desarrollado, de “La Creación”, ya en sus páginas iniciales, así se expresa el primer encuentro de Mariano niño con el Mal: “Y en la pálida y siniestra luminosidad, vi aproximarse infinitamente el rostro demacrado de la muerte, los sibilantes ojos de la Víbora, las crenchas crispadas de los torturados del Infierno, el opuesto Sudario: la faz misma del Negador. Caí hacia atrás y todo se desvaneció.” (Pág. 14)

Este episodio, que de algún modo inaugura la novela, por cierto no es arbitrario.

Toda mi obra – y me refiero tanto a mi dramaturgia como a la novela – están atravesadas por la crucial pregunta por el Mal, o más precisamente: el Misterio del Mal.

¿Podría ser de otra manera?

Nací en junio de 1944, pocos días antes o después – no recuerdo – del desembarco de los ejércitos aliados en Normandía, que habrían de abatir la iniquidad nazi, triunfante en casi toda Europa. Toda mi infancia, mi adolescencia y mi juventud estuvieron impregnadas por los horrores que salían a la luz a raudales, los pasados y los que habrían de venir, cifrados en los campos de exterminio e Hiroshima.

Pero en realidad, el siglo XX integro fue testigo – como bien lo cantó un desgarrado Discepolín – de una “maldad insolente”. Fue el siglo de los genocidios abiertos (¿hoy son encubiertos?), donde impúdicamente cadáveres insepultos, en su ya exigua carnalidad, en sus puros huesos, se exhibían por toneladas. En los albores, Armenia, y luego la 1ª Guerra Mundial y la 2ª, el Holocausto, Corea, Vietnam, y las diversas sucursales del Mal desparramadas por el mundo, entre ellas la dictadura argentina.

¿Cómo un intelectual, un artista decente, no iba a preguntarse por el Mal? ¿Por el terrible Misterio del Mal?

Pero aun hoy, ¿no habría que preguntarse? ¿No estamos asistiendo a una subrepticia, imperceptible renazificación del mundo?

29/03/2018

Ayer no escribí nada: el tiempo me avasalló.

Pero interrumpo una vez más este desordenado y desmañado relato (“Sin embargo, hay un plan en su locura”, Hamlet) para contar que esta mañana, muy temprano, me despertó un terrorífico sueño.

Yo estaba en un aeropuerto argentino. Como suele ocurrir en los sueños (o por lo menos en los míos), no era ninguno de los conocidos: lo había fabricado el sueño, simplemente. Estaba a punto de abordar un avión, que veía, muy cercano, detrás de un amplio ventanal. Iba a un acontecimiento teatral, un festival o algo por el estilo. La gente de teatro conocida que viajaba conmigo ya había subido. Pero yo estaba sentado a un escritorio frente a dos guardias de aduana, vestidos de civil, que en realidad eran dos conocidos y payasescos periodistas (“reales”, de los que se ven en televisión, aunque no voy a decir sus nombres). Ellos tenían en sus manos mis documentos y demoraban, con argumentos banales y ridículos, aplicar el sello liberador y devolvérmelos. Insistían, por ejemplo, entre risitas, en que yo no había declarado ganancias en el exterior que no existían, y ese tipo de cosas. Era literalmente Kafka. En cierto momento mintieron que iban a verificar algo y me dejaron solo. Mientras tanto yo descubría por el ventanal, con desesperación, que el avión comenzaba a carretear y se alejaba. Entonces decidí huir de ese aeropuerto y dirigirme a la Ciudad para denunciar el atropello a un diario supuestamente “opositor”. El paisaje, como también suele ocurrir en mis sueños, no tenía nada que ver con Argentina. Era de colinas muy verdes y anfractuosidades. Debo decir que hermoso, envuelto en una cálida luz de atardecer. Yo me movilizaba en un sillón de aeropuerto con motor. Llegaba a un paraje amable en una ruta desconocida. Allí había dos taxis fuera de servicio. La Ciudad, también desconocida, estaba lejana. Entonces me desperté.

De inmediato recordé algo de mis experiencias en la dictadura que arriba no consigné.

En el año 1979, creo, fui efectivamente invitado a un festival de teatro en Nueva York. Tenía incluso el pasaje a mi disposición. Cumplí en tiempo y forma con los requisitos necesarios para renovar mi pasaporte, que estaba vencido. Entonces ese trámite se hacía en el Departamento de Policía de la calle Moreno. El día asignado para retirar la documentación, ésta no apareció. Nadie sabía nada. A través de un conocido recurrí incluso a una persona de la jerarquía en otra dependencia, uno de esos sórdidos, antiguos edificios de laberínticas oficinas. El hombre, gordo, fumador y campechano, me ofreció toda su ayuda. Nada. Me devolvieron el pasaporte recién cuando el festival ya había terminado. Recuerdo incluso que los organizadores del evento quedaron irritados conmigo. No me creyeron. ¿Kafka revisitado?

Esto me habilita a hablar de los sueños en mis obras y particularmente en “La Creación”. Pero no. Todo a su tiempo.

30/03/2018

Pero volvamos al principio de este relato, porque ya el lector fiel debe estar perdido y ése no es el propósito.

Esta forma de contar de modo indirecto (pero sin perder nunca el objetivo) es propia de mi narrativa. Ana me dijo que es una manera femenina de pensar. Bueno, será mi parte andrógina… (Sonrío para mí: también encontrarán algo al respecto en la novela.)

Volvamos a la mano áspera y sucia que me amordazó la boca esa noche de junio del 2004.

Al asalto. Porque era eso: un asalto que desgarró brutalmente mi sueño.

Los dos intrusos nos inmovilizaron en la cama.

Sólo los vi a ellos, pero tal vez había alguien más en la planta baja. Inolvidables. Rondaban los treinta años.

Uno, el que se ensañó conmigo, tuvo siempre puesta una especie de campera de lona gastada. El capuchón le ocultaba el rostro, pero yo podía adivinarlo ahí, entre las sombras, en los socavones de oscuridad. Me quedó la impresión, no sé por qué, de que era rubio. En todo caso muy blanco. El otro no hacía el menor esfuerzo por ocultarse. Además se mantenía en general distante, cerca de la puerta, en el umbral o el pasillo. Tenía rulitos, un aspecto sereno y ojos castaños, relucientes y pensativos. Miraba las desmesuras del furioso “rubio” con indiferencia, como una rutina conocida, algo “que debía ser hecho”, pero tampoco había impaciencia ni fastidio. Si alguien se hubiera cruzado con él en la calle lo habría tomado por un universitario abstraído todavía en la clase a la que acababa de asistir.

Mi composición de lugar y situación fue inmediata.

Habían trepado hasta la terracita del primer piso, entrado por la puerta abierta para gatos y perro, echado un vistazo y prendido la luz. Y sólo querían dinero. En una casa donde, ay, no lo había. Salvo unos pocos pesos en un bolsillo de mi pantalón y lo que pudieran extraer de un cajero, cuya clave recordé con esfuerzo. Los trompazos, la lluvia de golpes sobre mí, eran permanentes. No me dolían. Lo insoportable era la tortura psicológica para que confesáramos dónde escondíamos los fantasmales billetes. Despiadada, hasta el punto de amenazarnos verbalmente con ahogar a nuestras hijas en la bañera. En mi desesperación y angustia recurrí a hablar, hablar de modo ininterrumpido con el “rubio” furioso. Eso lo exacerbaba más y redoblaba la golpiza. No me importaba: era la única manera que tenía de encontrar al ser humano oculto en el hueco del capuchón.

En un momento determinado obtuve por fin su respuesta:

“¡Callate, dejá de hablar, me tenés podrido!”, y trompadas.

Pero yo seguía tratando de persuadirlo con todas mis armas literarias. Fue eso tal vez lo que despertó su curiosidad.

“¿Pero vos qué hacés?”, me preguntó de sopetón, bruscamente.

“¡Soy escritor!”, le grité yo también, con violencia.

“¿Qué escribís?”, me gritó él.

“¡Teatro!”, le grité yo, como un desafío.

Y entonces ocurrió lo inimaginable.

“¡Ah, Shakespeare!”, dijo ásperamente. “Era puto.”

En medio de mi desesperación quedé atónito. Porque no lo dijo como alguien que hubiera leído a Shakespeare, o que hubiera oído hablar de él, sino como si lo hubiera conocido personalmente.

Pero no pude meditar mucho en el asunto, porque de inmediato sobrevino, como último recurso, una amenaza de ejecución.

El rubio, que (omití decirlo) empuñaba todo el tiempo un revólver, pronunció palabras definitivas. Aplastó mi cabeza con una almohada, hundió en ella el arma y la amartilló.

31/03/2018

A través de las plumas de la almohada, sentí en mi sien izquierda la rigidez pesada, impersonal, mortífera, del arma. Y allí, en medio de la más honda oscuridad, en la soledad absoluta, en la final desolación, brilló de pronto una tenue lucecita. Fue un pensamiento que cruzó como a hurtadillas mi mente, sorpresivo: “Es sólo un instante de dolor y se abrirán para mi las puertas del Misterio.” Y un enorme resplandor de curiosidad me deslumbró.

Sí, qué inesperado es el hombre. Aun para sí mismo.

Fue la respuesta que menos sospechaba en mí al desafío de la muerte.

“¡Qué abismo es el hombre”, dice Büchner en “Woyzek”, “da vértigo mirar en él”. Pero yo, en mi abismo, no sentí vértigo. Me reconocí.

Una profunda, voraz curiosidad.

Tanto que cuando el asesino (o proyecto de serlo), después de un tiempo imposible de medir, decidió apartar el revólver, liberarme de la almohada y hacerme renacer a la luz de mi habitual dormitorio, creí percibir allá lejos, en el lugar que abandonaba, un dejo fugaz de decepción. Orfeo volvía con la manos vacías, una vez más. (En “La Creación” hablo, con cierta ironía, de la etapa en que Mariano y Juan fueron, en Montevideo y luego de su historia de amor adolescente con Irene, “enamorados de la muerte”, pág. 182.)

No fue ése mi primer encuentro con Ella, ni el último (ni, claro está, el definitivo); sí el único en el que tuve tiempo de pensar y de auscultar mis pensamientos.

Pero más adelante, espero, me extenderé sobre la problemática de Tánatos y el hombre, en mi obra en general y en mi novela.

Ahora estoy en el rastro del Mal.

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