Ricardo Monti

Cap. 01: En el Colegio Jesuita

22 octubre, 2017

FRAGMENTOS DEL CAPÍTULO 1: “En el Colegio jesuita”, DE “LA CREACIÓN”
“Apareciste, Juan, en el Colegio, precisamente después de la Noche Apocalíptica, la más negra en la historia de la Ciudad.
[…]
Yo no podía saber que un Caudillo de lejanos, impensados
paisajes de barbarie se había alzado desde el Poniente, opuesto
al mar abierto y civilizador, desde ese horizonte incierto, que
por desdicha no cortaba la tierra de un tajo, sino que la iba entregando en sucesivas cortesías, o desbandadas, o cobardías.
Una horda varias veces milenaria rodeaba al Audaz, una hueste
de inescrutables jinetes, ocultos en la vasta nube de polvo que
precisamente los había revelado a las azoteas y miradores. Y
allí, batiendo como otro mar los extramuros, caracoleaba el
centauro, con una mueca de odio ancestral en su morro, a la
espera de no se sabía qué incierto y caprichoso momento de
entrar en arrolladora inundación por las inermes calles civiles,
poniendo a saco y botín todo refinamiento de cultura distraído
de los barcos, todo retazo y vestigio de novedad europea, toda
decencia. A medida que pasaban las horas, más se cerraba la
sólida polvareda en torno a la Ciudad, como un puño en la garganta de los moradores.
[…]
Ese fue el día en que apareciste en el Colegio.
Y la iluminación se instaló entre los Jesuitas.
Entraste de la mano de un Padre y el deslumbramiento
me paralizó. Un rostro se había desprendido por fin de la mancha
borrosa. Porque yo vivía entre penumbras y angustia, aislado
como una piedra en medio del fluir de mis condiscípulos, a
quienes no lograba diferenciar, esfumados en un bulto, una masa
amorfa y sonrosada. Tus rasgos eran comunes: finos cabellos
rubios, labios encendidos y ojos celestes aguados. Pero irradiabas.
Un suave destello envolvía tu cara, como si el aire se erizara
al tocarla y luego volviera en amorosa sumisión, con medido y
reverente anhelo, para depositar su beso en esa superficie de
iluminados latidos. Mi corazón saltó de gozo. La debilidad y el
temblor de mis piernas fueron tales que estuve a punto de caer
de rodillas.
[…]
Apenas alcancé a oír las palabras con las que el Padre te
presentó. Solo me llegó un nombre: Juan. Pero a pesar de ello,
lo que entonces pensé quedó muy guardado en mi pecho. No
cabía duda de que eras Él, el Niño, el que vino a dar luz en la
noche a ultranza, cuando esta imponía su mueca y su risotada
de triunfo, el Querubín Único, descendido y brotado a la vez,
Dios en pañales, el que abrió el seno sin dolor y luego se iría
con tanto, el que al asomarse bendijo por presencia hombres y
animales, y descansó de su primera jornada en un pajar, el que
será siempre Niño de inocencia y llamará a sí a todos los niños.”
Págs. 11-15

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La Creación © Ricardo Monti 2017