Ricardo Monti

Cap. 10: Giovanni Battista, 1931

1 noviembre, 2017

FRAGMENTOS DEL CAPÍTULO 10: “Giovanni Battista, 1931”, DE “LA CREACIÓN”, novela de Ricardo Monti

“Una tarde grisácea y cerrada de marzo – 15 de marzo de 1931 –, en la pieza de un conventillo de Barracas, Juan Bautista V*** – en realidad, Giovanni Battista, porque había nacido en un sigiloso pueblito de montaña en Italia – sintió hambre. Pero no el hambre física que había atormentado su niñez y su adolescencia. Era un hambre desmesurada, insaciable por definición, que nunca acabaría, la suma de todas las hambres. Él, Giovanni Battista, que había salido del claustro materno en las ruinas de una casa; que había recibido el agua bautismal en un diminuto remedo de iglesia, antiquísima y sombría; que al año había cruzado el océano en brazos de su madre en la sentina maloliente y atestada de andrajos de un corcho al que perdonó la vastedad; que había pasado su triste infancia y juventud en cuchitriles, compartiendo todo hasta quedar sin nada, desnudo, con innumerables hermanos menores que iban muriendo, en medio de un tufo espeso de sudor, tabaco, necesidades, comida; que había crecido escuálido, esmirriado, encajonado en callecitas polvosas de suburbio; él, Giovanni Battista, sintió un hambre abismal de espacios abiertos. A la tisis que lo desmoronaba por dentro se le agregó algo quemante por fuera y le dijeron sífilis. Era la Ciudad, que estaba enferma, apestada. La Engañadora, la Cegadora, la Segadora, en cuyas tripas miserables habían desaparecido padre, madre, hermanos, los otarios que, engatusados, habían creído cambiar lo chico por lo grande. […]

Sí, la Ciudad lo había enfermado. Supo que iba a morir y no quiso morir allí, entre los apretujados, uno más, anónimo, confundido con todos los muertos cotidianos en una fosa común. Quiso hacer algo y ser alguien que iba a morir.

– No quiero morir acá, hermano. La ciudad me ahoga, ya no puedo respirar. Además, tengo hambre.

– Yo también tengo hambre, Yuanín – como le decía el hermano menor, el último que le quedaba –. Pero acá por lo menos hay basura para rebuscar. El que tiene gasta, y como no se puede gastar todo se tira el resto. Pero el que no tiene nada, en tierra de nadie, roe hasta el final. No te vayás, hermano, adonde no hay nadie.

– Donde no haya nadie estaré yo. ¿En qué lado hay más luz ahora?

– Allí, de ese lado.

– Del lado de la Pampa. Y hay más luz porque está más vacío. Allí voy yo.

– ¿Y para qué querés luz, hermano?

– Para ver mejor, y para que me puedan ver. Porque cuando esté muerto, nadie me verá. […]                                        Sí, esa Ciudad, además de enferma
y apestada, era la Capital de la Insania. ¡Al Atuel, al Atuel! ¡Más
allá del punto al que habían llegado sus padres! ¡Hacia esas vagas,
altísimas montañas de las que había oído hablar! ¡Al Atuel,
al Atuel! En los espacios abiertos, en la iluminada inmensidad,
encontraría la salvación.”

Págs. 285-287

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La Creación © Ricardo Monti 2017