Ricardo Monti

CAP. 14. LA CONFESIÓN – COLOQUIO CON EL HOMBRE DE MUNDO

23 noviembre, 2017

FRAGMENTO DEL CAPÍTULO 14: “La Confesión – Coloquio con el Hombre de Mundo”, DE “LA CREACIÓN”, novela de Ricardo Monti

 

“Unos días después de la Batalla, el Hombre de Mundo clavó su caballo frente al Manicomio de la ciudad de Buenos Aires. El Innombrable había sido por fin derrotado. Su aparato de defensa simplemente se derrumbó al menor empujón, como un armario apolillado. Con la artillería tomada y la mayor parte de la infantería prisionera, las fuerzas de caballería se dispersaron por la llanura en cientos de partidas saqueadoras. Entre el estupor y la conmoción, la Ciudad fue tierra de nadie, con calles desoladas o sacudidas por repentinos tumultos, con un bando que huía despavorido y otro que tomaba en sus manos la venganza pública.                                                                        El Hombre de Mundo descabalgó de un salto y se precipitó dentro del sombrío edificio. Nadie lo detuvo porque en la desintegración general la guardia se había esfumado. Las salas y despachos se veían desiertos, así como el pasillo central y también las estrechas pero altas celdas que parecían excavadas en los muros, con sus puertas abiertas de par en par como bostezos. “¿Dónde están los locos? – pensó el Hombre de Mundo, con un escalofrío –. ¿Se habrán desparramado por la Ciudad?” En los fondos, un único habitáculo cerrado despertó sus sospechas.                                El Descabalgado se acercó con precaución a la pequeña boca, que parecía sellada. Sin embargo, el cerrojo estaba descorrido. “Estará con llave”, pensó. Más para cerciorarse que con verdadera intención de abrir – pues ya se veía buscando llaves oxidadas en cajones vacíos –, el Hombre de Mundo presionó el picaporte y no sin sobresalto advirtió que la puerta cedía.                                                                                                                                                                Solo la turbia luminosidad que se desprendía de una ventanita alta y enrejada atenuaba la oscuridad del interior. El Intruso apenas pudo distinguir, en el lado opuesto, una figura sentada en un camastro; muy flaca y vestida con un hábito de monje, demasiado holgado, que le caía en amplios pliegues desde los hombros puntiagudos. Sin dejar el picaporte y sin estirar la brecha abierta en la penumbra, el Hombre de Mundo preguntó cauteloso:                               – ¿Mariano, es usted, hijo…?                                                                                                                                                            – Padre… – fue la respuesta que quedó en suspenso unos instantes –, aunque no sé si puedo soportar un padre más. Así me llamaban… Pero pase usted, Hombre de Mundo, lo estaba esperando.”

Págs. 336-337

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La Creación © Ricardo Monti 2017