Ricardo Monti

Cap. 03: Fragmento mítico

22 octubre, 2017

FRAGMENTOS DEL CAPÍTULO 3: “Fragmento mítico”, DE “LA CREACIÓN”
[En la Montevideo sitiada, mitad del siglo XIX]

“Y para tomar un pequeño
detalle del conjunto, veamos, Juan, la fundación de esa Ciudad
que nos desvela y que ahora duerme, oprimida y sin luz, del otro
lado del Río. Sabrás que el hombre que la hizo fue poderoso en
la historia de la Madre. Fue un caballero ahíto de orgullo, tierras
y títulos. A él, que habría de engendrar la Ciudad, se le rindió la
Eterna, sí, la misma Roma, a la que, a sus pies tendida, él penetró
y saqueó y violó con la vehemencia y pasión que cuadran a un
caballero español, la cual Eterna, empero, con esa astucia y
vengativa paciencia que caracterizan a la otra Madre despechada
– quiero decir la Santa Iglesia –, le engendró a su vez – oh, abominación
de la naturaleza – un hijo espurio en su carne soberbia.
Lo preñó de un feto repugnante en su mismo cuerpo varonil,
que sorprendido en su virginidad e inocencia natural por ese
monstruoso embarazo, se alzó en airada y dolorosa rebeldía
ante la injusticia de la afrenta. Y primero en el rudo órgano de
la gestación y luego en todo su resto mortal asomaron curiosas
llaguitas, murmullo adelantado de lo que solo en voz baja puede
pronunciarse: Syphillidis, el morbo gálico.
[…]
Pero lo raro fue que cuando las campanadas de la
muerte hacían ya rechinar hasta los huesos del derrumbado
altivo, él, el futuro Adelantado, decidió empeñar todos sus títulos
y riquezas en una grandiosa escuadra de descubrimiento y conquista
de las nuevas tierras restituidas al espacio.
[…]
Y cuando recaló, Juan, en este mismo Río que atrae nuestras
miradas y nuestros suspiros, ¿qué halló? Tierras mezquinas, por
lo menos de aquello que tal vez en lo íntimo de su corazón anhelaba:
el sagrado Oro que quizás, ¿por qué no?, lo revestiría de
un nuevo cuerpo glorioso. Y luego de algunas pequeñas y confusas
andanzas y desencuentros que no vale la pena referir, el
Decepcionado vino a dar precisamente en la otra margen de
nuestro Río. Y allí, con melancólico gesto, como vago ademán
de despedida, el Apestado decidió implantar una ciudad. Qué
solemne y raro momento aquel en que el Caballero del Falo
Herido, tendido en sus angarillas, en humillante y femenina
caída, hacía plantar por primera vez – última para él –, sobre la
negra tierra, el macizo, viril rollo fundacional. Luego de lo cual
volvió a embarcarse hacia la Madre, en un póstumo y resignado
intento, que tampoco dio los frutos tal vez ya no esperados,
porque el caballero murió. De modo que en la misma travesía
– regreso que nunca fue tal –, los otros arrojaron al mar, para
que el salitre mordaz lo purificara, el cuerpo que había degenerado
desde su altiva posición de Axis Mundi a un triste manojo
de inmundicia. En fin, Juan, pequeñas y aleccionadoras trapacerías
de la civilización.”
Págs. 90-92

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