Ricardo Monti

Cap. 05: Nacimiento de Irene

22 octubre, 2017

FRAGMENTOS DEL CAPÍTULO “Nacimiento de Irene”, de “LA CREACIÓN” de Ricardo Monti

[En Montevideo, mitad del siglo XIX.]

“Que se despertó con un vago terror entre las piernas.[…] Saltó de la cama
y encendió, temblando, una vela – y ahora su corazón aleteaba
con breves espasmos –.
La luz mortecina y amarilla que amortajó ese rincón de
la habitación le reveló un espectáculo sangriento. Había una
gran mancha roja en su camisón, en sus manos y en las sábanas.
Pudo quitarse a los manotazos el camisón y arrojarlo a la noche,
pero cuando iba a hacer lo mismo con las sábanas advirtió que
la mancha corría por la parte interior de sus muslos. Entonces
sus movimientos ciegos cesaron y se sentó, con parsimonia de
sonámbula, en el borde de la cama, las rodillas apretadas y el
torso tenso, estirado.
[…]
Así la encontró la vieja nana, cuando abrió la puerta. Una
rápida mirada de sus ojos expertos le bastó para comprender lo
que sucedía. Entonces se volvió y, con el paso más vivo que le
permitía su cuerpo gordo y bamboleante, recorrió el resto de la
casa, anunciando la nueva con su voz cascada y esa risa
que ya no la abandonaría.
Poco después irrumpieron en el cuarto las otras ancianas:
las tías Clori, Lethe y Narcisa.
[…]
Junto con la nana y sus carcajadas, entraron a saco en
el cuarto, arrebataron el camisón a la oscuridad y las sábanas
a la cama, como trofeos de guerra.
[…]
Y mientras tanto desgranaban su rosario de futuros:
– Hoy cambiarás tus ropas de niña.
– Te enseñaremos a ser atractiva para los jóvenes.
– Vamos, hija, que te vestiremos con tus mejores galas
de mujer.
– Y así iremos a la Iglesia, para que recibas la bendición.
– Y en corto tiempo más ya estarás pronta para tus bodas.
– Para que llenes de niños nuestra casa vacía.
– Así que, ¡hala!, de ahora en más saraos.
– Y procesiones.
– Y teatros.
– Para que encuentres varón.
– Un soldado.
– Un hombre de la pluma.
– Un emigrado político.
– Un comerciante.
– Uno que te dé diez hijos.
– Y luego muera en la guerra.
– O tísico, escupiendo sangre sobre su papel.
– O lo maten allá – y señalaban hacia el Occidente.
– O naufrague en el río con su barco lleno de mercancías.
– Ay, niña, porque la vida es siempre triste – concluía
Lethe con un indefinible dejo de melancólica certeza en sus
ojos celestes aguados.
[…]
Luego la aprisionaron en un corsé innecesario; desplegaron
en torno un miriñaque de aros blandos, bomba de arrogancia,
muralla de la altiva ciudadela. Luego agregaron enaguas crepitantes,
orladas de primorosas puntillas, astutamente colocadas
para asomarse al descuido, como suspiros indiscretos. Por fin
depositaron, con infinita suavidad y cuidado, con sofocadas
exclamaciones de admiración, el vestido de raso celeste, cielo de
crujidos e inocente vastedad. Entregaron a negros ataúdes – dos zapatitos
abotinados – los pies de la pequeña.
[…]
Luego destaparon olorosos
potes de afeites y desparramaron polvos blancos sobre el ya
rostro lunar, diluyeron carmín en las mejillas – rubor fantasmal
de la luna –, y lo espesaron para recubrir los labios pálidos. Aderezaron
finalmente el conjunto con una mantilla y un abanico
con pintadas galanterías, y se apartaron para evaluar su obra: la
máscara femenina, el disfraz de mujer de la niña aterrada, casi
raquítica (que siempre estará al borde de la tisis).”
Pàgs. 120-124

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