Ricardo Monti

Cap. 06 (a): “Montevideo”

22 octubre, 2017

FRAGMENTOS DEL CAPÍTULO 6 (a): “Montevideo”, DE “LA CREACIÓN”, novela de Ricardo Monti

[Montevideo, mitad del siglo XIX]

“[…] en el puerto había recalado un venturoso y perdido
velero, siguiendo un itinerario que tampoco se sabía por qué
capricho de los mares había incluido estos apartados parajes, y de
él había desembarcado la famosa Compañía Alemana de Ópera.
El nombre era algo pomposo si se considera que se trataba del
entrepreneur o Imprésario, su presunta esposa y Prima Donna,
y un Primer Violín que oficiaba de director de orquesta. Los tres,
ancianos.
[…]
Orfeo y Eurídice sería la
primicia del repertorio que la compañía regalaría a estas playas
antes de que el Río y el mar los restituyeran a la civilización que
los había traído en préstamo.
[…]
Los jóvenes, que no habían conseguido lunetas, lograron
ubicarse de pie en uno de los laterales de la sala, a pocos metros
del escenario. Juan estaba particularmente exaltado, casi fuera
de sí (“Como si ya presintiera lo que iba a ocurrir”, le comentó
después a Mariano).
[…]
Instantes antes de
que se alzara el telón, Mariano sintió que Juan le clavaba las
uñas en una mano con tal violencia que más tarde pudo advertir
rastros de sangre reseca. Entre el dolor y la sorpresa, el lastimado
volvió el rostro hacia su amigo, y vio que, enmarcados
por una palidez mortal, sus ojos estaban fijos en uno de los
anillos que rodeaban el patio de butacas. Siguió velozmente
esa mirada y alcanzó a ver, aún entrando agitada a uno de los
palcos, escoltada por tres ancianas, a una muchacha menuda
y flaca, metida en un excesivo vestido de raso celeste. Su breve
pecho aleteaba en el apuro y su cara estaba enmarañada por
una expresión de fastidio y desprecio.
[…]
La música por fin
estalló, inmisericorde, de aquel rejunte de instrumentos que
sitiaba el escenario, y todas las miradas, ávidas, se dirigieron
al telón donde se adivinaba, a la luz rasante de las candilejas,
una gastada pintura de pastores y musas.
[…]
lo que de entrada sorprendió a
Mariano fue que la envejecida Prima Donna encarnaba no a
Eurídice, como había supuesto, sino a Orfeo.
[…]
Esa voz prestada al lamento desesperado de un hombre
– un andrógino que clamaba contra la radical injusticia de la
muerte – era la de todo ser viviente
[…]
Orfeo conducía a Eurídice por un fragoso camino hacia el
mundo de los vivos. Interpretada por una bonita y pizpireta montevideana
que, gracias a su exquisita (aunque no muy trabajada)
voz de soprano, solía animar reuniones e incluso presentarse en
algunos acontecimientos, la muerta parecía gozar de muy buena
salud. A las miradas masculinas, que de por sí atraía el apretado
escote del que saltaban unos pechos pequeños pero atrevidos, se
les unían todas las que la incipiente diva se afanaba por atrapar
con un sinfín de mohines, arrumacos y guiños desembozados a
los espectadores.
[…]
Era entonces que el genio de la Alemana alcanzaba su
culminación. Porque cuando el amor de Orfeo perdía para siempre
el cuerpo de la amada, cuando ese cuerpo que en vida era
el abismo al que su amor se arrojaba, el límite último al que su
amor podía llegar – imposibilitado de ir más allá, de atravesarlo,
por más que lo embistiera de mil maneras para, en
el acto de la destrucción del límite, demostrar que era más que
cuerpo, en la disolución de sí mismo y del otro –, para volver de
inmediato, después de esa ilusoria arremetida, a la opacidad del
propio cuerpo y al renacer del cuerpo del otro en la separación,
cuando ese flujo y reflujo era ya imposible por la definitiva retirada
del otro, cuando el vacío lo reemplazaba y de aquel cuerpo
no quedaba más que un hueco aterrador, cuando Orfeo entonces
se hacía la pregunta crucial de qué haría sin (el cuerpo de)
Eurídice (“che farò senza Eridice”), la Alemana tocaba las cimas
de su arte. La infinita desolación de su voz ya raìda retumbaba
en el recinto como en un sepulcro vacío, logrando incluso que
hasta los ojos más viriles se olvidaran de las tetitas saltarinas y
brillaran de lágrimas en la penumbra del patio y de los palcos.”

Págs. 132-141

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