Ricardo Monti

Cap. 08: “El descenso”

22 octubre, 2017

FRAGMENTOS DEL CAPITULO 8: “El descenso”, DE “LA CREACIÓN”, novela de Ricardo Monti
[Mitad del siglo XIX.]

“El Cruce se realizó en lo más ardiente del verano. El
agua del Río estaba particularmente sucia, lodosa. En ese barro
líquido, yo no podía encontrar mi reflejo.
[…]
Cuando desembarcamos por fin en la otra Banda no
encontramos nada. Quiero decir, nadie. Ni un ejército esperándonos,
ni rastros de milicia, ni una patrulla perdida, ni siquiera
pobladores. Nadie. Y también nada. Campos quemados. No solo
por la quemazón general adoptada por el Innombrable para no
dejarnos otra cosa que la devastación, para estorbar nuestra
marcha, borrar las rastrilladas y privarnos de toda provisión,
sino porque el riguroso verano también había hecho su parte,
y además de facilitar el operativo de destrucción, terminaba
de calcinar con su sol implacable lo que había escapado al
fuego humano.
[…]
Avanzamos a tientas en el humo denso, entre pajonales,
matorrales, sembrados, árboles y casas chamuscados. El único
ganado que se veía era el que el fuego ya había devorado, dejando
restos calcinados y podridos.
[…]
Al fin del día, en torno a los vivaques hacíamos el recuento.
No sé cuántas noches habrían pasado, porque ya entonces
el tiempo empezó a enturbiarse, pero seguramente no muchas,
cuando el rutinario escrutinio por primera vez falló. Lo repetíamos
y siempre alguien faltaba. Pero nadie podía recordar quién.
A la mañana siguiente, al retomar la marcha, lo encontramos.
Era un muchacho de aspecto soñador, hasta se podría decir
que bobalicón, que Juan y yo habíamos conocido en Montevideo.
Su cuerpo estaba amarrado al tronco de un árbol quemado y su
cabeza clavada en la punta de una rama convertida en tizón.
[…]
Seguimos avanzando hacia el Sur al tranco, sin siquiera un murmullo.
Al mediodía el Universo entero empezó a hervir y, como dijo el
Inglés, el resto es silencio.

Lo que Mariano comprobó fue que todo entraba en estado
de ebullición, pero no por la incandescencia general, no por
la quema infinita que parecía abarcar el horizonte y llenaba el
aire de cenizas que el viento arremolinaba. No, era una ebullición
traslúcida, que atravesaba el orbe, material e inmaterial.
También su cerebro burbujeaba – podía sentirlo –, su lengua,
sus huesos. Su conciencia misma bullía extrañamente. Como si
todos los entes revelaran sus íntimos poros, su esencial porosidad,
los temblorosos intersticios de vacío, de nada, que estaban
entremezclados y escondidos en el ser. No le desagradó esa
sensación, hacía que todo fuera leve, huidizo. El mundo – y él
en el mundo – podía desvanecerse de un momento a otro, como
una fantasmagoría, como si en verdad nunca hubiese existido.
Sonrió para sí cuando aquello comenzó a ocurrir.
[…]
En la terrible quietud de esa noche, alta noche paralizada por la luna,
Mariano se dirigió como un sonámbulo a la tienda de Juan, que
en las tinieblas de adentro, donde el fulgor plateado no llegaba,
parecía esperarlo.
[…]
A la madrugada lo subieron engrillado a una carreta
descubierta de dos ruedas, tirada por dos bueyes. Se escuchó un
disparo y un perro cayó fulminado. Todos partieron al galope,
la carreta inició, rechinando, su camino, y el niño del rancho
se internó en el desierto. Mariano siguió con la vista al General
Cansado y su comitiva hasta que fue solo una pequeña polvareda
que se perdió en el oeste.
– “¿Por qué vas y vienes,
Vienes y vas,
Si otros con andar menos
Consiguen más?” – cantó el boyero con voz aguda mientras
aguijoneaba a los bueyes con la picana.
La letrilla de la zamacueca, acompañada por los chirridos
en la silenciosa vastedad, despertó de pronto la carcajada que
Mariano hacía largo tiempo había perdido. El reencuentro fue
tan inesperado que él mismo la interrumpió, absorto. Pero alertó
al carrero, que volvió su curioso rostro. Era casi un niño, de pelo
corto, tieso y negro, y facciones atezadas, ya endurecidas a pesar
de su edad. Lo miró con sus ojitos también muy negros, vivaces
y chispeantes. Lo miró casi con alegría y le espetó:
– ¡Qué loco está usted, señor!”
[…]

[Este capítulo también termina con un Apéndice, cuyo acápite es el siguiente:]

“Hoja extraviada de las Memorias del General Paz,
correspondiente a su detención en la Guardia de
Luján, que fue arrancada, o por el mismo General o
por algún familiar o amigo temeroso de que alguien
pudiera interpretar de modo equívoco estos párrafos,
ya sea como una fantasía que desmejoraría el
conjunto y pondría bajo sospecha sus verdades, o
simplemente como una muestra de insania mental,
aunque solo fuese pasajera”

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