Ricardo Monti

Cap. 09: La compañía, 1944

23 octubre, 2017

FRAGMENTOS DEL CAPÍTULO 9: “La Compañía, 1944”, DE “LA CREACIÓN”, novela de Ricardo Monti

“Luego del suceso de ‘Juan Bautista’, la Gran Compañía Mendocina de Radioteatro salió de gira, como acostumbraba, a representar por los pueblos y villas de la zona el mismo drama en su versión teatral, reducida, de igual nombre y autoría.

Viajaban todos apretados en un ya antiguo camión Ford, cuya caja habían cerrado con lonas para protegerse ellos y los trastos, la utilería y el vestuario, de las inclemencias del tiempo.

Y así se le animaban a cualquier camino, aun los más barrosos o impracticables, hasta recalar en algún salón o galpón donde improvisaban el escenario, si no lo había, que convocaba una devota audiencia de varias leguas a la redonda. Llegaban los ávidos espectadores en coches destartalados, sulkis, carros, caballos, o simplemente a pie.

[…]

Ya desde niño el Primer Actor había sido una especie de imán viviente. […] Era como si Dios mismo lo hubiese mirado: “Lo hizo y rompió el molde”, decían algunos. Todos los dones se habían reunido en él para destacarlo. […] En fin, la belleza lo atravesaba como una luz, […] que parecía elevarlo del suelo, en especial si eran las tablas. Y por encima de todo, su voz inconfundible, sonora y expresiva, a la vez tan masculina y melodiosa, que a todos enamoraba.

[…]

Tuve un presentimiento horrible, ¿hoy, ayer? ¿O fue un sueño? Iba al escenario o salía, no sé, pero venía de algún lugar deslumbrante y me sentí perdido en un corredor en penumbras. Entonces casi me mata del susto un chico que me esperaba, al parecer, y casi se abalanzó sobre mí. Bueno, es un poco exagerado. No se abalanzó, tal vez se acercó, nada más. Y no demasiado, porque no pude verle el rostro. Quiero irme con ustedes, me dijo. ¿Querés ser actor?, le dije afirmándome en mi vozarrón, cosa que no se diera cuenta del julepe que me había pegado. Sí, me dijo con la voz tan ronca por el deseo que por poco se me para. Creo que se me paró.. Qué contagioso es el deseo.  Seguí caminando y lo dejé atrás. No sé qué contesté, nada importante.  Era bajito, o en realidad, más bajo que yo, eso lo noté, y no pude verle la cara. Sentí que podía llegar a enamorarme de ese pendejo, no sé por qué si ni  siquiera lo vi.

[…]

¡Cuánto tiempo he perdido en ser eterno! ¡Cuánta juventud malgastada! ¡Cuánto maquillaje al pedo! Ahora que la vejez está a la vuelta de esa esquina nocturna, ahora que mi voz se está gastando sin que nadie lo note, ahora que perdí para siempre la eternidad, ahora quiero durar! […] ¿Qué hago acá, desperdiciándome entre este yuyo provinciano? Flor de un día, mi prenda. Flor del aire, que en aire se desvanece. ¡Al asfalto! ¡A las grandes avenidas! ¡Al suplemento cultural de La Nación! ¡Al mundo! ¡A la Realidad! ¡A Buenos Aires!

[…]

¡A Buenos Aires! Si me viera Ermete Zaconi. ¿O murió ya? Primero Buenos Aires, después Roma. La ciudad eterna. ¡A la conquista de Europa! Bueno, habrá que dejar que termine la guerra. Igual,todo pasa y guerra siempre hay. Van a estar ávidos de un arte nuevo, de talentos desconocidos, llegados de lejanas tierras. Lejana tierra mía. Gaucho cordillerano, que no conoce la Pampa. Ahí voy, berebere, atravesaré el Desierto, navegaré sobre el Océano encrespado, volveré a mi origen y me encontraré con el Padre que me espera. Veré a mi Padre cara a cara. Jaja.

[…]

Soy cuando me miro en el espejo en que me maquillo, soy cuando me miro en los ojos que me miran. Ese chico me miró y no me vio. Se vio a él mismo, me di cuenta por cómo brillaban sus ojos azules. Tenía lentejuelas en los ojos. Demasiado vanidoso. Bah, yo sería igual a su edad. También lleno de brillos en los ojos, que la embocadura negra del escenario se ha ido tragando, bobalicona, hasta dejármelos gastados como dos monedas viejas, demasiado manoseadas. 20 centavos en los ojos, 20 centavos es todo lo que me queda. Dilapidé fortunas. […] Tantas mujeres y no pude tener hijos: ¡qué tragedia! Mejor dicho, qué suerte. No me imagino siendo padre. Devoraría mis hijos. ¿Quién era que se los comía? Creo que algún dios. Bueno, los dioses son capaces de todo. Tal vez tuve hijos, tal vez tengo hijos por todas partes y las mujeres me los negaron. Para protegerlos. Sí, seguramente yo también he sido un padre desconocido, jaja. ¡A Buenos Aires, a Buenos Aires!”

Págs. 243-282

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La Creación © Ricardo Monti 2017