Ricardo Monti

CAP. 13: “El Atuel”

15 noviembre, 2017

FRAGMENTO DEL CAPÍTULO 13: “El Atuel”, DE “LA CREACIÓN”

“En medio de la noche, sentado sobre tierra apisonada bajo
el alero del rancho, Giovanni Battista pitaba su trabajoso
cigarro, o lo poco de humo que sus pulmones aún le
permitían. Entre toses sofocadas no dejaba de observar la brasa
que cada tanto, escandalizada, emitía desesperadas señales de
alerta. Pero él, calmo, las desdeñaba, como a timoratos mensajeros.
Bien sabía desde esa tarde lo que habría de ocurrir al alba.
Lo sabía desde el mismo momento en que divisó al Desvencijado
envuelto en el polvo del camino. Lo dejó venir, como todo. Vio
que el sudor empapaba su camisa y adhería a su piel grasosa
toda la tierra en suspensión. Cuando llegó hasta él, el Ñato lo
miró desde abajo, con la cabeza inclinada hacia adelante y una
sonrisa torcida que quería ser amistosa y que él no respondió.
– Te agarré – dijo el recién llegado, bromista, con una
risita que le hizo temblar el corpachón.
“Cuánto le cuesta reírse”, pensó Giovanni Battista.
El sacudón del otro terminó de inmediato, tan repentinamente
como había empezado, y su mirada, siempre desde
abajo, quedó fija en él – cosa rara en el Ñato, que siempre era
esquivo –, pero como vacía, igual que la boca abierta, de la que
no terminaba de caer un hilo de saliva.
“¿No me va a besar con esa boca babosa?”, pensó asqueado
de antemano Giovanni Battista, que se había amortajado
de silencio.
El Ñato empezó a temblar de nuevo, pero no de risa,
mucho antes de poder articular penosamente:
– Te necesito.
La falta de respuesta pareció alimentar el temblor de
modo interminable.
– ¿No me vas a hablar? – dijo al fin, lastimoso. Y como si
un relámpago de pánico hubiese atravesado su cerebro:
– ¿No me reconocés?
Entonces sí sonrió, desde muy lejos, desde una distancia
muy antigua, y dijo, cansado:
– Sé muy bien quién sos.
– ¡Hermano! – se enterneció el Desvencijado, como si fuera
a abrazarlo, pero la mirada de Giovanni Battista lo congeló. La
suya huyó a la lejanía (desde abajo), como si buscara a los policías
que lo estaban esperando.
– Estoy huyendo – dijo.
– ¿De quién?
Pegó un respingo, aterrado.
– ¿De quién va a ser?
– ¿Cómo puedo saberlo?
– La polecía, pues.
– ¿Por qué te persiguen?
– Unos caballos.
– ¿Pa ónde querés ir?
– Pa Chile. Me hacen falta unos pesos.
– Está bien, yo te voy a dar una mano. Volvé mañana
bien tempranito; no tardes, lo que tengas que hacer
hacelo pronto.”

Págs. 326-328

Comprá la novela en: ricardomonti.com

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La Creación © Ricardo Monti 2017